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SAUDADE

Amaneceres

Viajo con los ojos cerrados. Elijo cuidadosamente cada mañana, sin repetir, la banda sonora para ese trayecto de más de una hora porque sé que mi subconsciente, más receptivo que en ningún otro momento del día, la va a repetir incansablemente hasta que vuelva al punto de partida.
Tras incontables paradas consigo un asiento y me acurruco envuelta en la bufanda tejida mezclando cariño con lanas de colores. A veces me gustaría que ese trayecto no terminase nunca, sonámbula hacia ninguna parte, rodeada de desconocidos a los que apenas presto atención salvo cuando, con ojos entrecerrados, intento averiguar en qué parte de la sempiterna oscuridad me encuentro.
Sin saber bien cómo me incorporo y camino al ritmo de mil pasos, un traspiés sería fatal así que intento no tropezar con esa cascada de escalones grises que sube y baja a la vez.
Por fin respiro, el viento siempre es fuerte en las alturas, por unos segundos se desvanece mi sopor zarandeado por ráfagas de una vanidosa brisa que me obliga a abrocharme los botones del alma. Esquivo prisas, empujones, miradas, letras arrugadas de diarios matutinos, apuro el paso oteando un horizonte de números fluorescentes con destino. Elijo el mío. Comienza otro trayecto, esta vez más lento, arranca, frena, arranca, frena, arranca, arranca, ¡arranca!
Pitidos que alertan llegadas, ya estoy, un día más. Camino el último trecho con tejado de nubes naranjas y parqué de barro.

Próxima estación... esperanza.

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